
De repente, al darme cuenta de lo que había ocurrido, se respondió una de las preguntas que desde hace tiempo me vengo haciendo: ¿Cuándo aprendimos a no responsabilizarnos de nuestros actos, de nuestras caídas y errores? ¿Cuándo, desde el amor, nos enseñaron que era lícito hacerlo?
Y lo más perverso de todo, ¿cómo es que las mismas personas que nos enseñaron eso, de mayores nos piden que nos responsabilicemos de lo que hacemos?
Con esto no quiero demonizar a nuestros mayores, ni mucho menos. Tan solo quiero abrir la reflexión acerca de cómo enfrentamos la vida, de cómo nos relacionamos y de dónde venimos.
Las personas tenemos creencias distintas en relación al origen de lo que nos ocurre: podemos atribuir la causa a las capacidades personales de cada uno/a, o por el contrario, ponerla en las circuntancias. Así, atendiendo a mi estilo atribucional (a qué atribuyo lo que me pasa), actúo en mi vida. Y esto es fundamental. Si responsabilizo a las circunstancias lo que me ocurre, sentiré que no tengo control sobre mi existencia, y eso me generará indefensión y sufrimiento. Si lo atribuyo a mis capacidades, sentiré que puedo mejorarlas para evitar consecuencias indeseables.
Entendiendo ésto, y cambiando patrones que no funcionan, podremos sentirnos capaces de modificar nuestra vida, de alcanzar objetivos puesto que somos dueños/as de nuestro destino. Podremos sentir que somos dueños/as del mundo.
¿Y tú? ¿Eres dueño/a del mundo... o el mundo te tiene en sus manos?